Nietzsche: El hombre loco

Nietzsche, F., "La gaya ciencia", trad. de Juan Luis Vermal,en: Ibid., Obras completas. Madrid: Tecnos, 2014, vol. III, pp. 802-803.

125.

El hombre loco.– ¿No habéis oído de ese hombre loco que en la claridad de la mañana encenció una linterna, corrió al mercado y comenzó a gritar sin cesar: «¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!» — Como estaban allí reunidos muchos que los que no creían en Dios, provocó una carcajada. ¿Qué, se ha perdido?, decía uno. ¿Se ha extraviado como un niño?, decía otro. ¿O está escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado? — así exclamaban y reían todos a la vez. El hombre loco se lanzó en medio de ellos y los penetró con su mirada. “Adónde ha ido Dios?”, exclamó, “¡Yo os lo diré¡ ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos! ¿Pero cómo hemos hecho esto? ¿Cómo hemos sido capacer de beber todo el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué hemos hecho al desprender la tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos precipitamos permanentemente? ¿Y también hacia atrás, hacia adelante, hacia todos los lados? ¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el hálito del espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No viene continuamente la noche y más noche? ¿No es necesario encedender linternas por la mañana? ¿No oímos aún nada del ruido de los enterradores que entierran a Dios? ¿No sentimos aún el olor de la descomposición divina? — ¡también los dioses se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos, asesinos entre todos los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía el hombre hasta ahora se ha desangrado bajo nuestros cuchillos, — ¿quién quitará de nosotros esta sangre? ¿Con qué agua podríamos purificamos? ¿Qué ceremonias expiatorias, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros? ¿No tenemos que volvernos nosotros mismos dioses para ser siquiera dignos de él? ¡No ha habido nunca un acto más grande, — y todo el que nazca después de nosotros formará parte, por ese acto, de una historia superior a toda historia habida hasta ahora!” — Aquí calló el hombre loco y vlbió a mirar a sus oyentes: también ellos callaban y lo observaban sorprendidos. Finalmente, lanzó al suelo su linterna, que saltó en pedazos y se apagó. «Llego demasiado pronto, dijo entonces, no es aún mi tiempo. Este acontecimiento monstruoso está todavía en camino y se desplaza, — no ha llegado aún a oidos de los hombres. El relámpago y el trueno necesitan tiempo, la luz de las estrellas necesita tiempo, los actos, para ser vistos y oídos, necesitan tiempo aún después de haber sido realizados. Este acto les sigue siendo más lejano que las estrellas más lejanas — ¡y sin embargo lo han hecho ellos mismos!” — Se cuenta admás que el hombre loco irrumpió el mismo día en diferentes iglesias y entonó su Requiem aeternam Deo. Expulsado e interrogado, habría respondido siempre sólo esto: «¿Qué son acaso estas iglesias si no las fosas y los sepulcros de Dios?» —