Peirce: La filosofía y la conducta de la vida (1898)

Traducción castellana y notas de José Vericat. En: Charles S. Peirce. El hombre, un signo, José Vericat (tr., intr. y notas), Crítica, Barcelona 1988, pp. 307-319. "Philosophy and the Conduct of Life" corresponde a CP 1. 616-648.

44. El filósofo griego primitivo, tal como nos lo describe Diógenes Laercio, constituye ciertamente una de las curiosidades más graciosas de todo el zoológico humano. Parece que se le pedía que su conducta estuviese en marcado contraste con los dictados del sentido común ordinario. Si se hubiese comportado como se supone que lo hacían los demás hombres, sus conciudadanos hubiesen pensado que su filosofía no le había enseñado demasiado. Sé que los historiadores que se consideran en posesión de un “criticismo más elevado” niegan todas las ridículas anécdotas sobre los sabios helenos. Estos estudiosos parecen pensar que la lógica es una cuestión de gusto literario, y sus refinadas percepciones rehúsan aceptar tales narraciones. Pero, en verdad, aun cuando se llevase el gusto a un punto de delicadeza por encima del de un profesor alemán -el cual pensaría que le estaban llevando absolutamente al reino de las cantidades imaginarias, al otro lado del infinito- no se consideraría aún como lógica, que es una temática de estricta demostración matemática en la que la opinión no tiene en absoluto peso alguno.

45. Ahora bien, la lógica científica no puede aprobar este método histórico que lleva a la negación absoluta y osada de todo testimonio positivo existente, en el momento en que dicho testimonio se desvíe de las ideas preconcebidas del historiador. El relato sobre la caída de Tales en una zanja mientras mostraba las diferentes estrellas a una vieja mujer, nos lo narra Platón unos dos siglos más tarde. Pero el doctor Eduard Zeller dice que él lo conoce mejor, y dictamina que la anécdota es totalmente imposible. De indicarle que la anécdota atribuye sólo a Tales una característica común a casi todos los matemáticos, lo que haría ello sería proporcionarle una nueva oportunidad de aplicar su argumento favorito de objeción, el de que el relato es “demasiado probable”. Por lo que, dice Zeller, la afirmación hecha por una media docena de autores clásicos de que Demócrito estaba siempre riendo y Heráclito llorando, “se revela por sí misma como una invención inútil”, con independencia del apoyo que pueda tener en los fragmentos. Pero incluso Zeller admite que Diógenes de Sínope fue un frívolo excéntrico. Al ser un contemporáneo de Aristóteles, y uno de los hombres más conocidos de Grecia, ni siquiera Zeller puede negar su historia, teniendo que contentarse con declarar que los relatos están “burdamente exagerados”. No hubo ningún otro filósofo, cuya conducta, según todos los testimonios, fuese tan absolutamente extravagante como la de Pirrón. Los relatos sobre él parecen proceder directamente de un escrito de su devoto alumno, Timón de Fliunte, y algunas de nuestras autoridades sobre él, de las que hay unas doce, confiesan valerse de este libro. Con todo, Zeller y los críticos no creen en aquéllos; y Brandis plantea la objeción de que los ciudadanos de Elis no hubiesen escogido como sumo sacerdote a un hombre medio loco, como si este tipo de síntomas no le hubiesen podido acreditar particularmente para el oficio divino. Espero que, por fin, ahora, se haya superado este modo de escribir la historia.

46. Con todo, no creas los relatos si no quieres; pero no puedes dejar de admitir que lo que muestran es el tipo de hombre que los narradores esperaban que había de ser un filósofo, tanto más, si eran leyendas imaginarias. Ahora bien, estos narradores eran un cúmulo de las mentes más sanas y sobrias de la Antigüedad: Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca, Plinio, Plutarco, Luciano, Eliano y otros más. Los griegos esperaban que la filosofía afectase a la vida, no por un lento proceso de filtración de formas -como nosotros podemos esperar que las investigaciones sobre ecuaciones diferenciales, fotometría estelar, taxonomía de los equinodermos, y otras parecidas, afecten al fin a la conducta de la vida-, sino directamente a la persona y al alma del filósofo mismo, diferenciándole de los hombres normales en sus ideas sobre la recta conducta. Separaban tan poco la filosofía de la estética, y de la cultura moral, que los docti furor arduus Lucreti podían revestir en noble verso una elaborada cosmogonía con el propósito expreso de influir en la vida de los hombres; y Platón nos dice en muchos lugares lo inextricable que considera que está ligado el estudio de la dialéctica a la vida virtuosa. Aristóteles, por otra parte, plantea correctamente esta cuestión. Aristóteles no tenía mucho de griego. No es probable que tuviese enteramente sangre griega. Está claro que no era en absoluto un hombre de mentalidad griega. Aunque pertenecía a la escuela de Platón, cuando fue allí era ya un estudioso, quizá discípulo personal de Demócrito, él mismo otro traciano; y durante sus primero años en Atenas no pudo haber tenido mucha relación con Platón, que pasaba una gran parte del tiempo en Siracusa. Ante todo Aristóteles era un Asclepíades, es decir, pertenecía a un linaje, del que todo hombre, desde la edad heroica, pasaba ya en la infancia por un aprendizaje muy acabado en la sala de disección. Aristóteles era un paciente científico, tal como lo vemos en la actualidad, salvo que él abarcaba todo el conocimiento. Como hombre de instinto científico situaba la metafísica, en la que no dudo incluía la lógica, como algo normal, entre las ciencias -ciencias en nuestro sentido, quiero decir, lo que él llamaba ciencias teoréticas- junto con la matemática y la ciencia natural (ésta abarcaba lo que llamamos, en general, las ciencias físicas y las psíquicas). Para él, esta ciencia teorética era algo animado por un espíritu, que tenía como su último fin y objetivo el conocimiento de la teoría. Los estudios de estética eran de tipo radicalmente diferente; mientras que la moral, y todo lo que se refiere a la conducta de la vida, formaba un tercer departamento de la actividad intelectual, radicalmente extraño, en su naturaleza e idea, a los otros dos. Ahora bien, caballeros, al empezar este curso, debo confesarles que, a este respecto, me presento ante ustedes, como aristotélico y científico, condenando con toda la fuerza de mi convicción la tendencia helénica a mezclar filosofía y práctica.

47. Hay ciencias, desde luego, en que muchos de sus resultados son aplicables casi de inmediato a la vida humana, tales como la fisiología y la química. Pero el verdadero investigador científico pierde por completo de vista la utilidad de loo que está tratando. Nunca ocupa su mente. ¿Piensan ustedes que el fisiólogo que disecciona un perro, al hacerlo, reflexiona sobre que puede estar salvando una vida humana? Tonterías. Si lo hiciese, se echaría a perder como científico; y, entonces, la vivisección se transformaría en un crimen. Sin embargo, en fisiología y en química, el hombre cuyo cerebro se ocupa de cosas útiles, aunque no haga mucho por la ciencia, puede estar haciendo mucho por la vida humana. Pero, en filosofía, al afectar, como afecta, a materias que son, y que deben ser, sagradas para nosotros, el investigador que no se mantenga apartado de todo intento de hacer aplicaciones prácticas, no sólo obstruirá el avance de la ciencia pura, sino que, lo que es infinitamente peor, pondrá en peligro su propia integridad moral y la de sus lectores.

48. En mi opinión, la actual condición infantil de la filosofía -pues en la medida en que estudiosos de ella, serios y eficientes, no sean capaces de llegar a un acuerdo sobre apenas ni un solo principio, no veo otro modo de considerarla que no sea en su infancia- se debe al hecho de que, durante este siglo, se han dedicado a ella básicamente hombres que no se han criado en salas de disección u otros laboratorios, y que, en consecuencia, no han estado animados del verdadero Eros científico; sino que, por el contrario, procedentes de seminarios teológicos, e inflamados, consecuentemente, por el deseo de enmendar las propias vidas y las de otros, un espíritu, sin duda, éste, para hombres en situación normal, más importante que el de amor a la ciencia, les incapacitaba radicalmente, sin embargo, para las tareas de la investigación científica. Y precisamente es a causa de esa condición, en el momento actual, completamente inestable e incierto de la filosofía que considero como excesivamente peligrosa cualquier aplicación práctica de la misma a la religión y al comportamiento. No tengo nada en absoluto que decir contra la filosofía de la religión o de la ética, en general, o en particular. Sólo digo que, por el momento, todo es en demasía incierto como para justificar el arriesgar una vida humana por ello. No digo que la ciencia filosófica no debiera en último lugar influir en la religión y en la moralidad, sólo digo que se le debiera permitir el hacerlo sólo con una parsimonia secular, y con la más conservadora cautela.

49. Ahora bien, puedo estar totalmente equivocado en todo esto, y no me propongo defenderlo. No les pido que me sigan. Pero, para evitar cualquier posible malentendido, me veo obligado honestamente a declarar que yo no he prometido en lo más mínimo disponer de una oferta de mercancías filosóficas que les haga a ustedes o mejores o más triunfadores.

50. Es particularmente necesario decir esto debido al singular carácter híbrido que ustedes detectarán en estas lecciones. Se me pidió en diciembre que preparase un curso sobre mis ideas filosóficas. Consiguientemente, me puse a trabajar para exponer en ocho lecciones un esquema de una rama de la filosofía, concretamente de la lógica objetiva. Pero, justo cuando estaba acabando una lección, me llegó la noticia de que lo que ustedes esperaban es que yo les hablara sobre temas de importancia vital, lo que haría también las lecciones más distendidas. Por esta razón, dejé de lado lo que había escrito, y empecé de nuevo a preparar el mismo número de homilías sobre economía y ética intelectual. Eran cosas pobrísimas, y, cuando tenía ya realizadas las tres cuartas partes de mi trabajo, me resultó bastante grato saber que en la medida de lo posible sería deseable que les hablara de ciertas cuestiones filosóficas, relegando otros temas. En aquel momento, sin embargo, era demasiado tarde para escribir un curso que les expusiese a ustedes lo que yo hubiera deseado enormemente someter a su juicio. Sólo pude hilvanar algunos fragmentos, en parte filosóficos y en parte prácticos. Así, verán ustedes que, durante una parte del tiempo, les propongo algunas ideas distendidas de importancia vital, mientras que, durante otra, les expondré consideraciones filosóficas, en las que ustedes podrán detectar una oculta tendencia hacia aquella lógica de las cosas, sobre la que apenas si tendré la oportunidad de proferir alguna palabra clara.

51. Tendré mucho que decir sobre el recto razonar; y, a falta de algo mejor, había identificado esto como un tema de importancia vital. Pero no sé si la teoría del razonar es tan vitalmente importante. De que es absolutamente esencial en metafísica, estoy tan seguro como lo estoy de cualquier verdad filosófica. Pero en el comportamiento vital hemos de distinguir los asuntos cotidianos y las grandes crisis. No creo que en las grandes decisiones sea algo seguro confiar en la razón individual. En los asuntos cotidianos el razonar es aceptablemente efectivo; pero me inclino a pensar que resultaría tan igualmente bien sin la ayuda de la teoría, como con ella. Una logica utens, como la mecánica analítica inserta en los nervios del jugador de billar, es la que mejor se adecua a los usos familiares.

52. Sin embargo, en metafísica no es en absoluto así; y la razón es obvia. Las verdades que infiere el metafísico, de poder someterse absolutamente a la prueba de la experiencia, sólo pueden probarse en un departamento de la experiencia completamente ajeno al que suministra sus premisas. Así, un metafísico que extrae alguna inferencia sobre la vida más allá de la tumba, no puede averiguar nunca con certeza si su inferencia es falsa, hasta haber abandonado, al menos, en su estado presente, la ocupación metafísica. La consecuencia es que, a menos que el metafísico sea un maestro muy completo en lógica formal -y, especialmente, en el aspecto inductivo de la lógica de relaciones, inmensamente más importante y difícil que todo el resto junto de la lógica formal-, caerá inevitablemente en la práctica de decidir sobre la validez de los razonamientos, de la misma manera que el político práctico, por ejemplo, decide sobre el peso a dar a consideraciones diferentes, es decir, por la impresión que estos razonamientos hacen en la mente, sólo con la estupenda diferencia de que las impresiones de uno son la resultante de un largo aprendizaje de la experiencia, mientras que el otro no se encuentra mínimamente familiarizado con dicho aprendizaje. El metafísico, que adopta un razonamiento metafísico porque tiene la impresión de que es serio, puede, igualmente bien, o mejor, adoptar directamente sus conclusiones porque tiene la impresión de que son verdaderas, en el buen viejo estilo de Descartes y de Platón. Para que se convenzan ustedes mismos del grado en que este modo de trabajar vicia actualmente la filosofía, consideren solamente las elaboraciones que los metafísicos hacen de las objeciones de Zenón al movimiento. Se encuentran simplemente a merced del diestro italiano. Por esta razón, pues, si no por otra, el metafísico, que no está preparado para tratar de resolver todas las dificultades de la lógica exacta moderna, haría mejor en cerrar la tienda y dejar el negocio. A menos que haga una u otra cosa, le digo, dirigiéndome a su consciencia, que no es el genuino, honesto, serio, resuelto, enérgico, activo y consumado cuestionador, que su deber es ser.

53. Pero todo esto no es ni la mitad del total. Pues, después de todo, los razonamientos metafísicos, tal como se han hecho hasta ahora, han sido en su gran parte bastante simples. Son los conceptos metafísicos lo que resulta difícil de captar. Ahora bien, las concepciones metafísicas, para mostrar las cuales no necesito malgastar palabras, son meramente adaptaciones de las de la lógica formal, y, por tanto, sólo pueden captarse a la luz de un sistema de lógica formal, minuciosamente previo y sistemático.

54. Pero en asuntos prácticos, en cuestiones de importancia vital, es muy fácil exagerar la importancia del raciocinio. ¡Está tan pagado el hombre de su poder de razonar! Parece que a este respecto le sea imposible verse a sí mismo, tal como se vería de poderse desdoblar, y observarse con un ojo crítico. Aquellos a los que aludimos de forma tan indulgente como “animales inferiores” razonan muy poco. Ahora bien, me permito hacerles observar que muy raramente estos seres cometen una equivocación, ¡mientras que nosotros…! Nos valemos de doce hombres buenos y leales para decidir una cuestión, les mostramos con el mayor cuidado los hechos, preside toda la presentación la “perfección de la razón humana”, ellos escuchan, salen y deliberan, y llegan a una opinión unánime, y, por lo general, se admite que para tomar una decisión las partes litigantes ¡han podido casi igualmente lanzar una moneda al aire! ¡Tal es la gloria humana!

55. Las cualidades mentales que admiramos más en todos los seres humanos, aparte de nuestros varios nosotros mismos [selves], son la delicadeza de la doncella, la devoción de la madre, el valor viril y otras herencias llegadas a nosotros procedentes del bípedo carente aún de habla; mientras que las características que más despreciamos tienen su origen en el razonar. El hecho mismo de que todo el mundo sobrevalore de modo tan ridículo su propio razonar basta para mostrar lo superficial de esta facultad. Pues, ustedes no oyen que el hombre valiente alardee de su valor, ni que la mujer modesta presuma de su modestia, ni que el realmente leal se vanaglorie de su honestidad. De lo que se envanecen, en todo caso, es siempre de algún insignificante don de belleza o de habilidad.

56. Son los instintos, los sentimientos, lo que constituye la sustancia del alma. La cognición es sólo su superficie, su lugar de contacto con lo que le es externo.

57. ¿Piden ustedes que lo pruebe? En este caso tienen que ser ustedes, ciertamente, unos racionalistas. Puedo probarlo; pero sólo suponiendo un principio lógico de la demostración, al que haré alusión en la próxima lección. Cuando la gente me pide que pruebe una proposición en filosofía, me veo obligado con frecuencia a replicar que es un corolario de la lógica de relaciones. Ciertas personas dicen entonces: “Me gustaría extraordinariamente estudiar detenidamente esta lógica de relaciones; tiene usted que redactar una exposición de la misma”. Al día siguiente les traigo un manuscrito. Pero, cuando ven que está lleno de A, B y C, no vuelven a mirarlo. Tales personas… oh, bueno.

58. Hay tres tipos de razonamiento. El primero es necesario, pero profesa sólo darnos información relativa al contenido de nuestras propias hipótesis, declarando distintivamente que si queremos saber algo más tenemos que dirigirnos a otra parte. El segundo se basa en probabilidades. Los únicos casos en los que pretende ser de valor donde tenemos, al igual que una compañía de seguros, una multitud indefinida de insignificantes riesgos. Siempre que está en juego un interés vital dice claramente: “No me preguntéis”. El tercer tipo de razonamiento intenta lo que puede hacer il lume naturale, que dirigió los pasos de Galileo. Realmente es una llamada al instinto. Así, la razón, por muchos adornos con que se vista habitualmente, en crisis vitales, acaba poniéndose de rodillas solicitando el auxilio del instinto.

59. La razón es por su misma esencia egotista. Actúa en muchas cuestiones dándose una importancia que no tiene. No duden de la abeja cree tener una buena razón para terminar su celda como la termina. Pero me sorprendería mucho saber que su razón ha resuelto el problema de la isoperimetría que su instinto ha resuelto. Los hombres se imaginan muchas veces que actúan en base a la razón, cuando, de hecho, las razones que se atribuyen a sí mismos no son más que excusas que el inconsciente instinto inventa para satisfacer a los molestos “porqués” del ego. El alcance de este autoengaño es tal que llega a hacer del racionalismo filosófico una farsa.

60. La razón, entonces, como último recurso, apela al sentimiento. El sentimiento, por su parte, se siente a así mismo como siendo el hombre. Esta es mi simple apología del sentimentalismo filosófico.

61. El sentimentalismo implica conservadurismo; y pertenece a la esencia del conservadurismo el rehusar llevar cualquier principio práctico a sus límites extremos, incluido el principio mismo del conservadurismo. No decimos que el sentimiento no vaya a estar nunca influido por la razón, ni que bajo ninguna circunstancia abogaríamos por reformas radicales. Decimos sólo que el hombre que permita que su vida religiosa se dañe por la aceptación repentina de una filosofía de la religión, o que, precipitadamente, cambie su código moral al dictado de una filosofía de la ética -que, digamos, se pusiese a practicar sin más el incesto- este es un hombre que consideraríamos imprudente. El sistema imperante de reglas sexuales es una inducción sentimental o instintiva, que resuma la experiencia de toda nuestra raza. No pretendemos que ésta sea abstracta y absolutamente infalible; pero mantenemos esto, que es prácticamente infalible para el individuo -que es el único sentido claro que puede tener la palabra “infalibilidad”-, por cuanto debe obedecer a ella, y no a su razón individual.

62. En cuestiones teóricas no daría al sentimiento, o al instinto, ningún peso en absoluto, ni siquiera el más mínimo. El recto sentimiento no lo pide; y la recta razón, si se plantease, repudiaría enfáticamente una tal exigencia. Es verdad que en la ciencia nos sentimos con frecuencia obligados a tantear las sugerencias del instinto; pero sólo las tanteamos, las comparamos con la experiencia, manteniéndonos dispuestos a echarlas por la borda a la menor indicación de la experiencia. Si admito la supremacía del sentimiento en los asuntos humanos, lo hago al dictado de la razón misma; e, igualmente, al dictado del sentimiento, rehúso dar al sentimiento ningún peso en absoluto en cuestiones teóricas.

63. De ahí que yo mantenga que, lo que se llama propiamente y usualmente creencia, es decir, la adopción de una proposición como cthma es aei, por usar la enérgica frase del doctor Carus, no tenga lugar alguno en la ciencia. Creemos en la proposición en base a la cual estamos dispuestos a actuar. Plena creencia es la disponibilidad a actuar, en base a ella, en asuntos relativamente insignificantes. Pero la ciencia pura no tiene nada en absoluto que ver con acción. Las proposiciones que acepta, las inscribe meramente en la lista de premisas que se propone utilizar. Nada es vital para la ciencia; nada puede serlo. Las proposiciones que acepta, por lo tanto, son todo lo más opiniones; y la lista entera es provisional. El científico no se encuentra atado en lo más mínimo a sus conclusiones. No arriesga nada con ellas. Está siempre dispuesto a abandonar una o todas, tan pronto como la experiencia se oponga a las mismas. Concedo que tiene el hábito de llamar a algunas de ellas verdades establecidas; pero esto significa solamente proposiciones que hoy por hoy ningún hombre competente pone en duda. Parece probable que cualquier proposición dada de este tipo permanecerá durante largo tiempo en la lista de proposiciones a admitir. Con todo, pueden refutarse mañana; y, si es así, el científico se alegrará de haberse desembarazado de un error. No hay por tanto en la ciencia proposición alguna en absoluto que responda a la concepción de creencia.

64. Pero en cuestiones vitales es por completo diferente. En tales cuestiones tenemos que actuar; y el principio en base al cual estamos dispuestos a actuar es una creencia.

65. Así, el conocimiento teórico puro, o ciencia, no tiene directamente nada que decir en relación a cuestiones prácticas, y nada en absoluto siquiera aplicable a las crisis vitales. La teoría es aplicable a cuestiones prácticas menores; pero las cuestiones de importancia vital tienen que dejarse al sentimiento, es decir, al instinto.

66. Ahora bien, hay dos modos concebibles por los que el recto sentimiento puede tratar tales crisis terribles; por un lado, puede ser que si bien los instintos humanos no son tan detallados, ni tan definidos, como los de los animales carentes de habla, con todo pueden bastar para guiarnos en los asuntos más grandes sin ayuda alguna de la razón; mientras que, por otro, el sentimiento puede actuar sometiendo las crisis vitales al dominio de la razón, elevándose en tales circunstancias a un tan alto nivel de autoabnegación que transforme la situación en insignificante. De hecho observamos que una naturaleza humana natural sana actúa de ambas maneras.

67. Los instintos de aquellos animales son notables y presentan la característica de estar dirigidos, si no por completo, básicamente a la preservación de la especie, aprovechando muy poco, o nada, al individuo, excepto en la medida en que, como posible procreador, pueda llegar a ser un funcionario público potencial. Tal es, por tanto, la descripción de instinto que debemos esperar encontrar en el hombre, en relación a asuntos vitales; y así es. No es necesario enumerar los hechos de la vida humana que lo muestran, porque es algo demasiado claro. Lo que hay que señalar, sin embargo, es que los individuos que han superado la fase reproductiva son más útiles a la propagación de la raza que a otra cosa. Pues amasan riquezas, y enseñan prudencia, mantienen la paz, son amigos de los débiles, e inculcan todos los deberes y virtudes sexuales. Tal instinto, como algo natural, nos invita, en todas las crisis, a considerar nuestras vidas individuales como una cuestión menor. No hay ningún amago de virtud en hacerlo así; es la característica de todo hombre o mujer lo que no es despreciable. Alguien dijo durante el reinado del Terror: Tout le monde croit qu’il est difficile de mourir. Je le crois comme les autres. Cependant je vois que quant on est la chacun s’en tire. Es menos característico de la mujer, porque su vida es más importante al conjunto, y menos útil su inmolación.

68. He mostrado, así, lo mucho menos importante vitalmente que es la razón respecto del instinto, y quiero hacer observar, a continuación, lo enormemente deseable, por no decir indispensable, que es que las utilidades prácticas, sean altas o bajas, queden fuera de la perspectiva del investigador a efectos de la marcha triunfante de la invención en filosofía y en la ciencia en general.

69. El punto de vista de la utilidad es siempre un punto de vista estrecho. Cuánto más sabríamos hoy de química, de no haber recibido excesiva atención las partes más importantes desde un punto de vista práctico; y cuánto menos sabríamos, si los elementos raros y los compuestos, que sólo existen a baja temperatura, hubiesen sólo recibido la cuota de atención a la que les daba derecho su utilidad.

70. Es notoriamente cierto que, en aquello en lo que uno no pone toda su alma y su corazón, no tendrá excesivo éxito. Ahora bien, uno no puede servir a los dos señores, a la teoría y a la práctica. Aquel perfecto equilibrio de atención que se requiere para observar el sistema de las cosas se pierde, por completo, si se interfieren los deseos humanos, y, tanto más, cuanto más altos y santos puedan ser tales deseos.

71. Además de esto, tenemos en filosofía prejuicios tan potentes, que resulta imposible mantener la sang froid de uno, si nos dejamos llevar por completo de ellos.

72. Es mucho mejor dejar que la filosofía continúe sin la menor traba un método científico, predeterminado de antemano antes de saber a dónde lleva. Si este proceder se lleva a cabo honesta y escrupulosamente, los resultados alcanzados, aun cuando no sean del todo verdaderos, y aun cuando sean burdamente erróneos, no pueden ser más que enormemente favorables al descubrimiento último de la verdad. Entre tanto el sentimiento puede decir: “Oh, bueno, la ciencia filosófica no ha dicho aún, en modo alguno, la última palabra; y, entre tanto, continuaré creyendo así y asá.

Sin duda una gran proporción de los que ahora se ocupan activamente de la filosofía perderán todo interés en ella tan pronto como se les prohíba considerarla como susceptible de aplicaciones prácticas. Nosotros, los que continuemos desarrollando la teoría, tenemos que decirles adieu. Pero tenemos que hacerlo así también en cualquier apartado de la ciencia pura. Y, aunque lamentemos la pérdida de su compañía, es infinitamente mejor que los hombres que carecen de genuina curiosidad científica no interrumpan con libros vacíos y supuestos embarazosos el camino de la ciencia […]

74. Las huestes de hombres que realizan cada año el grueso de nuevos descubrimientos se encuentran en gran parte confinadas a las filas del pelotón. Por esta razón, esperarían ustedes que las hipótesis arbitrarias de los diferentes matemáticos saliesen disparadas, en todas direcciones, hacia un ilimitado vacío de arbitrariedad. Pero no se encuentran ustedes con esto. Al contrario, lo que ustedes encuentran es que los hombres que trabajan en campos tan remotos los unos de los otros, como lo están las minas de diamantes de África respecto de las de Klondike, reproducen las mismas formas de nuevas hipótesis. Al parecer Riemann nunca había oído hablar de su contemporáneo Listing. Este último era un geómetra naturalista, ocupado de las configuraciones de las hojas y de los nidos de los pájaros, mientras que el anterior trabajaba en funciones analíticas. Y, con todo, lo que parece lo más arbitrario en las ideas creadas por ambos es una sola y única forma. Este fenómeno no es aislado, caracteriza, como se sabe bien, las matemáticas de nuestro tiempo. Toda esta multitud de creadores de formas, para la que el mundo real no suministra paralelo alguno, siguiendo arbitrariamente cada individuo su propia y caprichosa voluntad, va desvelando gradualmente, como ahora empezamos a discernir, un enorme cosmos de formas, un mundo de potencial ser. El mismo matemático puro siente que es así. No tiene, ciertamente, el hábito de dar publicidad a sus sentimientos, ni siquiera a sus generalizaciones. La costumbre, en matemáticas, es la de no dar a imprimir más que demostraciones, dejando al lector el adivinar el funcionamiento de la mente del hombre a partir de las secuencias de aquellas demostraciones. Pero si ustedes tienen la gran suerte de hablar con un cierto número de matemáticos de primer orden, verán que el matemático puro típico es un tipo platónico. Sólo que es un platónico que corrige el error heracletiano de que lo eterno no es continuo. Para él lo eterno es un mundo, un cosmos, en el que el universo de la existencia actual no es más que un locus arbitrario. El fin que persigue la matemática pura es el de descubrir este mundo potencial real.

75. Una vez henchidos ustedes de esta idea, la importancia vital parece ser verdaderamente un tipo muy bajo de importancia.

Pero estas ideas son sólo adecuadas para regular una vida distinta a ésta. Nos encontramos aquí, nosotros, en este mundo rutinario, pequeñas criaturas, meras células de un organismo social, él mismo algo bastante pobre y pequeño, y tenemos que tratar de ver qué humildes y definidas tareas presentan nuestras circunstancias a nuestras débiles fuerzas. La ejecución de estas tareas requerirá poner en juego todas nuestras fuerzas, incluida la razón. Y, al hacerlo, dependeremos, principalmente, no de aquel departamento del alma más superficial y falible -quiero decir, de nuestra razón-, sino de aquel otro más profundo y seguro -que es el instinto.

76. El instinto es susceptible de desarrollo y crecimiento, si bien a un ritmo que es lento en la proporción en que es vital; y este desarrollo tiene lugar a lo largo de líneas que son totalmente paralelas a las del razonar. Y al igual que el razonar brota de la experiencia, así, también, el desarrollo del sentimiento surge de las experiencias interiores y exteriores del alma. No sólo es ello de la misma naturaleza que el desarrollo del conocimiento, sino que básicamente tiene lugar a través de la instrumentalidad de la cognición. Las partes más profundas del alma sólo pueden alcanzarse a través de su superficie. De esta manera, las formas eternas, con las que nos familiarizan la matemática y la filosofía, y otras ciencias, alcanzarán gradualmente, mediante una lenta filtración, el núcleo mismo del ser de uno; y acabarán por influir en nuestras vidas; y harán esto, no porque impliquen verdades de importancia meramente vital, sino porque son verdades ideales y eternas.