Nietzsche: Más allá del bien y del mal, af. 260

Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal. Preludio de una filosofía del futuro (1886), trad. de Kilian Lavernia, en: Obras Completas, vol. IV. Madrid: Tecnos, 2016, pp. 415-417.

§ 260

En mi recorrido por las numerosas morales, tanto las más sutiles como las más bastas, que hasta ahora han dominado o continúan dominando sobre la tierra, he observado rasgos regularmente recurrentes y recíprocamente entrelazados: hasta que por din se me revelaron dos tipos fundamentales y se desprendió una diferencia fundamental. Existe una moral de señores y una moral de esclavos; — y añadiré de inmediato que en todas las culturas más elevadas y mezcladas salen a la luz también intentos de mediación entre ambas morales, y con más frecuencia todavía una alteración de las mismas y la confusión de una con otra, incluso en ocasiones su brutal coexistencia — incluso en la misma persona, dentro de una misma alma. Las distinciones de valor morales han surgido, o bien entre una especie dominante que tomó conciencia con satisfacción de su diferencia respecto de la especie dominada, — o bien entre los dominados, los esclavos y subordinados de cualquier grado. En el primer caso, si los hombres dominantes son aquellos que determinan el concepto “bueno”, entonces serán los estados del alma elevados y orgullosos los que serán sentidos como una distinción y determinantes para la jerarquía. El hombre noble se separa de los seres en los que se expresa lo contrario de semejantes estados elevados y orgullosos: los desprecia. Nótese ya que en esta primera especie de moral, la oposición entre “bueno” y “malo” significa tanto como “noble” y “despreciable”: — la oposición entre “bueno” y “malvado” tiene otra procedencia. Es despreciado el cobarde, el miedoso, el mezquino, el que piensa en la estrecha utilidad; asimismo, el desconfiado con su servil mirada, el que se rebaja a sí mismo, la especie perruna de ser humano que se deja maltratar, el adulador mendicante, pero sobre todo el mentiroso: — es una creencia fundamental de todos los aristócratas que el pueblo común es mentiroso. “Nosotros, los veraces” — así se llamaban a sí mismos los nobles en la antigua Grecia. Es evidente que en todas partes las distinciones de valor morales se ha aplicado primero a personas y solamente de manera derivada y tardía a acciones: de ahí que sea un grave desacierto que los historiadores de la moral tomen su punto de partida en preguntas como “¿por qué ha sido alabada la acción compasiva?” La especie noble de hombre se siente como aquella que determina los valores, no tiene necesidad de aprobación, juzga “lo que es perjudicial para mí es perjudicial en sí”, se sabe como aquella que le confiere honor en general a las cosas, ella es creadora de valores. Todo lo que conoce en sí misma es honrado; una moral así es autoglorificación. En un primer plano se encuentra el sentimiento de plenitud, de un poder que quiere desbordarse, la felicidad de la alta tensión, la conciencia de una riqueza que busca regalar y repartir: — también el hombre noble ayuda al desdichado, pero nunca o casi nunca por compasión, sino más bien a partir de un impulso generado por el exceso de poder. El hombre noble honra en sí mismo al poderoso, también al que tiene poder sobre si mismo, que sabe cuándo hablar y cuándo callar, el que con placer ejerce rigor y dureza contra si mismo y rinde pleitesía a todo lo riguroso y duro. “Duro es el corazón que Wotan alojó en mi pecho”, dice una antigua saga escandinava: he aquí la justa expresión poética que brotó del alma de un orgulloso vikingo. Una especie de hombres así está precisamente orgullosa de no estar hecha para la compasión: de ahí que el héroe añada, a título de advertencia; “quien desde joven no tenga un corazón duro, no lo tendrá jamás”. Los nobles y valientes, que así piensan, son los que están más alejados de aquella moral que ve el distintivo de lo moral justamente en la compasión o en el obrar por los demás o en el désintéressement; la fe en sí mismo, el orgullo de sí mismo, una hostilidad fundamental y una ironía frente a la “abnegación” forman parte de la moral noble exactamente igual que un ligero desdén y cautela frente a los sentimientos de simpatía a los “corazones cálidos”. — Son los poderosos los que entienden cómo honrar, es su arte, su reino de invenciones. El profundo respeto por la vejez y la tradición —el derecho entero descansa sobre este noble respeto—, la creencia y el prejuicio favorables para con los ancestros y desfavorables para con los venideros es típico en la moral de los poderosos; y, cuando, a la inversa, los hombres de las “ideas modernas” creen casi por instinto en el “progreso” y en el “futuro” y tienen cada vez menos respeto por la vejez, con ello se delata ya bastante el origen innoble de dichas “ideas”. Sin embargo, lo que más extraño y patético le resulta al gusto actual de una moral de dominadores es la severidad de su máxima según la cual solo se tendrían deberes frente a sus iguales; que se podría actuar a discreción o “como dicta el corazón” frente a los seres de rango inferior, frente a todo lo extraño y, en cualquier caso, “más allá del bien y del mal” —: a este orden de cosas pertenecen la compasión y cosas por el estilo. La capacidad y el deber del largo agradecimiento y de la larga venganza —ambas cosas solo en el círculo de sus iguales—, la sutileza en la represalia, el refinamiento conceptual en la amistad, una cierta necesidad de tener enemigos (en cierto modo, como canales de desagüe para los afectos de la envidia, la belicosidad, la arrogancia, —en el fondo, para poder ser un buen amigo): todo esto son características típicas de la moral noble, la cual, como ha he apuntado, no es la moral de las “ideas modernas” y por eso hoy es tan difícil de percibir, también difícil de desenterrar y descubrir. — La cosa es distinta en el segundo tipo de moral, la moral de esclavos. Suponiendo que los atropellados, los oprimidos, los dolientes, los encadenados, los inseguros y cansados de sí mismos moralicen: ¿cuál será el rasgo común de sus estimaciones de valor morales? Probablemente se ponga de manifiesto un recelo pesimista hacia la situación entera del ser humano, tal vez una condena del ser humano junto con la de su condición. La mirada del esclavo recela de las virtudes del poderoso: alberga escepticismo y desconfianza, la sutileza de la desconfianza contra todo lo “bueno” que allí es honrado —, él quiere convencerse a sí mismo de que incluso allí la felicidad no es auténtica. Por el contrario, las cualidades que sirven para aliviar la existencia del doliente son ensalzada y colmadas de luz: aquí son honradas la compasión, la mano gentil y caritativa, el corazón cálido, la paciencia, la diligencia, la humildad, la amabilidad —, pues estas son aquí las cualidades más útiles y prácticamente los únicos medios para soportar la opresión de la existencia. La moral de esclavos es esencialmente una moral de la utilidad. He aquí el foco del surgimiento de aquella celebrada oposición entre “bueno” y “malo”: —el poder y la peligrosidad son localizados afectivamente en el mal, también una cierta atrocidad, sutileza y fortaleza que inhiben cualquier desprecio. Así pues, según la moral de esclavos, el “malo” inspira temor; según la moral de señores, es precisamente el “bueno” el que inspira y quiere inspirar temor, mientras que el hombre “malvado” es percibido como el despreciable. La oposición alcanza su cima cuando, de acuerdo con la lógica de la moral de esclavos, acaba adhiriéndose también una brizna de menosprecio al “bueno” de dicha moral — puede ser un menosprecio ligero y benévolo —, porque para el modo de pensar esclavo el bueno tiene que ser en cualquier caso el hombre inofensivo; él es benévolo, fácil de engañar, acaso un poco estúpido, un bonhomme. Allí donde predomina la moral de esclavos, el lenguaje muestra una tendencia a acercar mutuamente las palabras “bueno” y “estúpido”. — Una última diferencia fundamental: el anhelo de libertad, el instinto para la felicidad y las sutilezas del sentimiento de libertad pertenecen necesariamente a la moral y a la moralidad de esclavos, igual que el arte y la exaltación en la veneración, en la devoción son un síntoma habitual de un modo de pensar y valorar aristocráticos. — Con ello entendemos sin más explicaciones por qué el amor como pasión —es nuestra especialidad europea— ha de ser de procedencia sencillamente noble: como es sabido, su invención es la obra de los caballeros-poetas provenzales, aquellos magníficos e inventivos hombres del “gai saber”, a los que Europa tanto debe, incluso casi a sí misma. —